Censura selectiva: El caso de las imágenes publicitarias

OPINIÓN

Pensar en Madrid para muchos implica la visualización de calles y andenes abarrotados de gente, donde todo el mundo parece tener prisa aunque no lleguen tarde a ningún sitio, donde encontrarás siempre a un extranjero y, sin quererlo, una riqueza cultural que tan solo existe
en pocas partes del mundo.

Madrid es todo eso, pero no solo eso. Pasear un día por sus calles puede recordarnos a todas aquellas otras grandes ciudades que hemos visto en revistas o visitado alguna vez. Todas tienen en común esas masas de gente, esas personas que poco tendrán en común pero que juntas forman un grupo, una entidad, el alma de una ciudad.

En un mundo como el nuestro que se mueve por el consumo, Madrid deja de ser esa ciudad representativa de una nación y sus gentes, y pasa sin embargo a ser víctima de constantes y agresivas especulaciones publicitarias. Las empresas y marcas invaden las calles en lo que es una lucha silenciosa de quien vende más, quien llama más la atención y quien gana más dinero. Tristemente no es una característica que se limite al ámbito publicitario sino que sobrecoge a la sociedad en todas sus actividades, primando el egoísmo, la codicia y el poder. No somos individuos que pasean entre esa gente con prisa por el metro, sino que formamos parte de ese grupo final que nos engloba a todos  y nos trata como una masa, una única víctima del estudio de gustos y tendencias.

Pero esto no se limita a nuestra capital, sino que se encuentra en todas las grandes ciudades del mundo donde, debido a su sobrepoblación, las empresas aprovechan para lanzar cargas publicitarias bajo la justificación de una sociedad moderna que está comprometida con el consumo.

Times Square (NY) y Piccadilly Circus (Londres)

No se puede ignorar la publicidad ni la invasión progresiva de marcas que parecen colarse de forma sutil en cualquier rincón de nuestro entorno. Pero está claro que, como adaptados que somos a una sociedad de consumo masivo, hemos aprendido a convivir con esta situación que nos resulta en muchos casos indiferente y sirve simplemente como excusa para añadir color y luces de neón a las calles. Suma al atractivo de un lugar y proporciona un bonito fondo para los extranjeros que nos visitan y quieren llevarse una bonita foto de recuerdo.

Publicidad de Schweppes en la Gran Vía de Madrid

Pero bien, la cosa se tuerce cuando a juicio de muchos esta misma publicidad sobrepasa ciertos límites y obliga plantearse cuestiones éticas y morales, sobre todo con respecto a sus imágenes.

Un reflejo de ello es el tipo de publicidad que desde hace meses se ha podido ver en el Metro de Madrid, concretamente aquella que hace el local “THE HOLE”. En su página Web se describen como un show “divertido, elegante, provocativo, canalla y muy sensual”. Ha de hacerse hincapié en la palabra en cursiva debido a las siguientes fotografías, carteles presentes en varias estaciones de metro.

Es importante recalcar que esto no trata de un ataque hacia ninguna empresa, local o en este caso “The Hole”, simplemente se nombra a este último porque ha sido su publicidad la que ha incitado a tratar sobre este tema y compararlo directamente con el caso de otra de las vertientes más criticadas de la fotografía, el fotoperiodismo.

Constantemente se dan casos de censura o queja social hacia imágenes de prestigiosos y reconocidos reporteros gráficos, como fue el caso reciente del ganador del Pulitzer Massoud Hossaini . Al ser publicada su fotografía galardonada en los medios de comunicación (uno de ellos fue el periódico “The New York Times”) causó el resurgimiento del debate ético sobre los límites que deberían imponerse a las imágenes excesivamente violentas.

Fotografía ganadora del Pulitzer por Massoud Hossaini

Muchos reconocidos fotógrafos han hecho eco de esta situación en la que se les exige autocensura como profesionales y censura a los medios como canales que transmiten su trabajo, entre ellos el fotoperiodista español Gervasio Sánchez. “Es importante que el público conozca la verdad sobre las consecuencias de las guerras para que reflexione sobre la necesidad moral de buscar soluciones. Que los ciudadanos se enfrenten al dolor de la guerra, que sepan que los que sufren o mueren desconocen las razones de sus tragedias. Una sociedad que reivindica imágenes asépticas de la violencia está condenada al fracaso”, sentenció.

A un medio de comunicación se le cuestiona y critica por publicar una imagen tratando una situación real de conflicto y violencia porque puede potencialmente herir la sensibilidad del lector. Mientras tanto, la publicidad tiene carta blanca para ofrecer todo tipo de imágenes en todo tipo de formatos (véase el caso de los carteles del metro y su tamaño) bajo el pretexto de captar la atención de una sociedad consumista y obtener de ella beneficios.

La permisibilidad de este tipo de comportamientos muestra el tipo de sociedad en el que nos hemos convertido, donde normalizamos las imágenes sexuales, degradantes y excesivamente gráficas bajo la excusa de una campaña publicitaria. Nos hemos convertido en una masa que acepta que no existen límites para intentar persuadirnos hacia un producto o marca y, mientras tanto, cuestionamos y rechazamos el trabajo de cientos y miles de fotoperiodistas que el único compromiso que tienen con la sociedad es mostrar realmente lo que está pasando en el mundo.

Hemos escogido nuestra propia manipulación frente al conocimiento, ser víctimas en vez de observadores, pasivos en vez de críticos. Lamentablemente, parece ser que estamos más comprometidos y más concienciados con la publicidad que con la realidad. Los fotoperiodistas tendrán que seguir justificando su trabajo, defendiéndose ante la censura y las múltiples dificultades que entrama su profesión.

No obstante, parece que de alguna manera el objetivo se consigue. Ante una imagen de violencia la sociedad reacciona, aunque sea en protesta. Ante un cartel provocativo y degradante la sociedad no dice nada, será por costumbre o por aceptación pero al fin y al cabo parece ser que no es más que eso, una imagen más sin propósito o valor.

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